Derechos Humanos: tarjeta roja a los cerotolerantes

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En el Día Internacional de los Derechos Humanos celebrado este 10 de Diciembre,  parece que en España lo importante ha sido sacarle  tarjeta roja a la presunción de inocencia. Dejando constancia de mi rechazo a cualquier tipo de violencia, generalmente discrepo sobre los métodos que se sustentan en base a las consecuencias más que en el análisis e intervención efectiva sobre el origen de los problemas.
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En cualquier caso, eso no es lo que quería contarles.  Mi interés se centra en analizar pequeños matices que diferencian conceptos tan similares como privacidad versus intimidad, protección individual frente a protección abstracta y los efectos de la cerotolerancia.
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La Declaración Universal de los Derechos Humanos de 1948 establece en su artículo 12 el Derecho a la Intimidad:

“Nadie será objeto de injerencias arbitrarias en su vida privada, su familia, su correspondencia, ni de ataques a su honra o su reputación. Toda persona tiene derecho a la protección de la ley contra tales injerencias o ataques.”

Por otro lado, en nuestra Constitución esto se traduce en el artículo artículo 18.1CE tal que:
“se garantiza el derecho al honor,  a la intimidad personal y familiar  y a la propia imagen”
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Podríamos entrar en una guerra de matices que sin duda nuestra lengua facilita, pero la principal diferencia que encuentro es que la intimidad está protegida por  un derecho universal, mientras que la privacidad es un bien que debe ser protegido,  en primera instancia, por uno mismo e inmediatamente después por su entorno social cercano (tutores legales, familia, amigos, etc.) .   La pregunta que formulo es: para poder garantizar a cualquier persona el derecho universal a su intimidad personal y familiar ¿no debería el propio individuo y su entorno cercano ser cautos con su privacidad?
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Separemos.  Por un lado no sería lo mismo la imagen inapropiada de un menor que ha sido tomada y publicada en Internet por él mismo o por su entorno cercano, que la imagen de un menor siendo abusado sexualmente y que ha sido subida incialmente por terceros a la Red.   En ambos casos, esa vulneración de derechos fundamentales (nótese que no me refiero solo a la Intimidad, especialmente en el segundo caso)  tiene su origen en el entorno cercano del menor.
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En ese segundo caso,  y en lo que a Internet se refiere,  la cuestión parece derivarse hacia  la protección de la imagen de la infancia (a efectos jurídicos menores de 18 años).  Esta protección se ha universalizado, sin especificar con claridad el bien jurídico que se intenta proteger: ¿un derecho del menor? (intimidad personal, propia imagen, seguridad del menor…) ¿un derecho abstracto? (menores no identificados) o ¿una preocupación social? (alarma moral) por lo que el prójimo pudiera sentir o pensar al ver dichas imágenes.
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En mi opinión,  la protección a la propia imagen tiene todo su sentido si el menor afectado está identificado,  especialmente por las consecuencias que podría provocar esa imagen entre su grupo de iguales (entorno social cercano).   Sentado lo anterior,  no encuentro ninguna explicación a la tendencia social a perseguir al que puede ver (cualquier internauta) en lugar de intervenir sobre el que puede crear lo que podemos ver (entorno cercano del niño).    Esa tendencia a denunciar  bajo la presunción de placer en la mirada del prójimo como si de un abuso sexual real se tratara ¿de dónde parte? ¿de los sentimientos de culpa? ¿ de la vergüenza pública del horror humano que nos conduce al fundamentalismo moral?
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No encuentro respuestas a esas cuestiones y tampoco tengo muy claro si mi razonamiento es correcto.  Pero tengo la impresión de que los  cerotolerantes tienen un problema y  forman parte del problema que no toleran.

One comment

  1. Querido amigo: los moralistas jamás formaron parte de ninguna solución y sí de todos los problemas, aunque segun el planteamiento fundamentalista de los propios moralistas, ellos y su sacra cerrazón de mollera son la única e indiscutible solución a todos los males de la tierra.

    Un moralista jamás está en el predominio del raciocinio y sí de la pasión. Sus argumentos son basicamente emocionales, y el pánico moral su principal adaliz. A menudo intentan parecer racionales, pero por mucho que disfracen con racionalizaciones sus argumentos, el trasfondo de sus planteamientos siempre destila un tufillo a sentimientos negativos derivados de la cuestión que tratan.

    Como muestra un ejemplo: tenemos sobradamente claro que la pornografia infantil es repugnante y execrable, pero a la hora de abordarla jurídicamente ¿Cuanto de argumento racional y cuanto de moralidad (siempre bajo un acervo ideológico) hay reflejados en las sentencias? Veamos… La palabra “repugnante” aparece cada dos por tres en las sentencias. Que nos parezca repugnante la PI vale: a ti y a mi nos lo parece y en eso estamos de acuerdo con la inmensa mayoría de la población, pero que eso se refleje en una sentencia, que supuestamente NO debería tener orientación ideológica específica (eso es lo que supuestamente no debería tener nunca una democracia; la justicia debe procurar mantenerse neutral en ese asunto) ni dejarse guiar por la ira, el pánico moral u otros sentimientos negativos, eso es inadmisible en una sentencia, pero sin embargo ahí está.

    Ni eso ni argumentos de la fiscalía como el irresponsable argumento del fiscal que llevó el caso de Nauzet, deshumanizando al acusado al corregirse a sí mismo para degradarle cambiando la definición “este señor” por la de “este individuo”, y pidiendo perdón a la sala por la primera definición. Esa táctica de desumanización de un acusado delata inequivocamente la orientación moralista de este fiscal y que valoró los hechos antes con las vísceras que con la cabeza. Mal profesional del sistema judicial es el que hace tales cosas. La cabeza fría y la objetividad deben ser las armas con las que abordar el problema. Aquel fiscal como otros muchos, no son muy amigos de tener la cabeza fria al abordar estos asuntos.

    Un cordial saludo.

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